1 de 52 de 53 de 54 de 55 de 5 (Sin votos)
| Print This Post

Emigración, fanatismo y caos en Libia

Libia

La infografía refleja el difícil equilibrio en Libia (RED)

Artículo publicado por Pedro Canales en la Revista Española de Defensa

Libia sigue a la deriva. Hasta el momento, todos los intentos por encontrar un gobierno de conciliación nacional que unifique esfuerzos contra el avance del integrismo y las huestes del autodenominado Estado Islámico han sido un fracaso o muy débiles. El último de ellos, obtenido a comienzos de 2016 en la localidad costera marroquí de Sjirat y avalado por la ONU, ha decidido elegir como jefe del Consejo Presidencial de Unidad a Fayez al-Sarraj, un diputado de perfil bajo pero con afamado talante negociador. Junto a él fueron nombrados nueve ministros y todos ellos tenían la misión de formar un gobierno en un plazo máximo que finalizaba a principios de febrero. Pero, casi un mes después, las principales formaciones aún no han dado su aprobación.

Desde el derrocamiento y la posterior ejecución sumaria del coronel Muamar Gadafi en 2011, Libia está sumida en el caos. Dos gobiernos han venido disputándose el poder y la representación legítima de este enorme país norteafricano, que alberga una de las mayores reservas de petróleo del mundo: uno con sede en Tobruk, ciudad del Este cercana a Bengasi; y otro en Trípoli, que goza del apoyo de un nutrido grupo de milicias islamistas.

La Unión Europea, la OTAN y, desde hace un año, las Naciones Unidas, intentan acercar posiciones entre ambos ejecutivos, así como entre sus respectivos parlamentos, con el objetivo de garantizar una mayor estabilidad. Aparte de las decenas de milicias que operan en Libia, desde hace un par de años el país es objeto de una proliferación inquietante de grupos terroristas -los procedentes del Daesh ya controlan varias zonas en las que han proclamado su peculiar califato- y de mafias dedicadas al negocio de la inmigración ilegal. Además, el caos reinante ha provocado la semiparalización del funcionamiento de las principales refinerías del país.

Los ministros de Defensa europeos, así como los titulares de Exteriores de la UE, se han mostrado muy preocupados en sus últimas reuniones en las que Libia ha sido uno de los principales puntos del orden del día. La misión naval Sophia que la Unión Europea tiene desplegada frente a las costas de Libia con el fin de luchar contra el tráfico de seres humanos y de armas, sigue esperando la formación de un Ejecutivo estable al que se muestra dispuesta a ayudar cuando éste lo demande.

Gobiernos en paralelo. Desde junio de 2015, el país está dividido en dos partes, cada una con su gobierno, su parlamento y sus ejércitos. Al oeste, con capital en Trípoli, están las fuerzas del Congreso Nacional resultantes de las elecciones de 2012 y dominado por los islamistas (llegó a aprobar la Sharia). Su primer ministro es Omar al Hassi y el presidente del Parlamento y verdadero hombre fuerte es Nuri Abu Shamin. Al Este, en Tobruk, se ha instalado la Cámara de Representantes y el gobierno de Abdulá Al Thini -el único reconocido por la comunidad internacional- bajo la protección del general Jalifa Haftar. El temor ante el constante avance yihadista y la necesidad de ayuda internacional para detenerlo -la ONU supeditó cualquier misión sobre el terreno a la creación de un ejecutivo conjunto- acercó posiciones y llevó a unos y otros a mostrarse favorables a un gobierno de conciliación. Pero en las últimas semanas las tensiones han reaparecido motivadas, fundamentalmente, por la práctica imposibilidad de controlar a las milicias y las discrepancias a la hora de dirimir quien controlará los yacimientos petrolíferos. A mediados de febrero el gobierno de Tobruk sus- pendió los vuelos hacia el vecino del sur, Sudán, al parecer en represalia por el apoyo que el régimen de Jartum da al gobierno de Trípoli. Tobruk teme que la aceptación por Sudán del ejecutivo islamista con base en la capital libia vaya más allá del reconocimiento diplomático y que esté apoyando clara- mente la rivalidad si no la subversión que lleva a cabo Trípoli.

La segunda razón para el enfriamiento de relaciones entre el gobierno de Tobruk y el régimen sudanés ha sido la denuncia de que muchos combatientes yihadistas sudaneses y de otras nacionalidades africanas se incorporan al Daesh en Libia llegando a través del corredor sudanés. Razón por la que Tobruk quiere reclutar a milicianos opositores sudaneses del Ejército de Liberación de Sudán (ALS) dirigido por Mini Manawi, para engrosar las las del ejército libio al mando del general Haftar. Pero no es éste el único país criticado por el Ejecutivo libio por su apoyo a la insurgencia yihadista. También lo son países del Golfo como Catar, que el gobierno de Tobruk considera como trinchera logística y financiera para el Daesh.

Por su parte, el gobierno de Trípoli amenaza a la vecina Túnez con cerrar unilateralmente la frontera entre los dos países, vital para la subsistencia de las poblaciones fronterizas, si Cartago persiste en prohibir a los aviones libios aterrizar en el aeropuerto internacional de Túnez.

Efervescencia yihadista. Los servicios secretos estadounidenses estiman que el número de terroristas que se han unido a la Yihad en Libia se ha duplicado, alcanzando los 5.000, paralelamente a su reducción en el frente militar de Siria e Irak donde ya no superan los 25.000 combatientes, cuando hace un año eran algo más de 32.000. Los principales focos terroristas existentes en Libia engloban miles de individuos armados y organizados, con entrenamiento militar y experiencia de combate, dotados de una verdadera disciplina castrense, lo que hace de ellos auténticos ejércitos mercenarios. Una buena parte de las instalaciones petroleras así como los puntos estratégicos del país están en sus manos. Estas formaciones militares están equipadas con armamento moderno salido en su mayor parte de los arsenales del régimen de Gadafi.

Esta situación inquieta profundamente a los países vecinos de Libia. Egipto se ha visto obligado a cerrar su frontera terrestre y a desplegar fuerzas militares en la zona para impedir el paso de comandos terroristas en ambos sentidos de la valla fronteriza: unos que vienen de los frentes sirio e iraquí con destino a Libia; y otros que podrían penetrar desde Libia a Egipto con la intención de cometer atentados.

En Túnez el presidente Beji Caid Essebsi ha solicitado a la comunidad internacional ser consultado en caso de que se produzca una nueva intervención militar en Libia. A finales de 2015 Túnez se vio obligada a cerrar la frontera con Libia durante 15 días, y a acelerar la construcción de unas vallas que el Ejecutivo tunecino quiere dotar de sistemas electrónicos de vigilancia si la UE lo financia. Los autores de los atentados más importantes en Túnez el pasado año venían de Libia.

Argelia, por su parte, ha desplegado miles de efectivos en su demarcación con Libia, y lleva a cabo constantes misiones de reconocimiento aéreo y terrestre a lo largo de los casi mil kilómetros de frontera común. Esta permanece cerrada desde el ataque terrorista a la base gasística argelina de Tiguen-turin por un comando de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMi) que penetró en Argelia desde Libia.

Otros países africanos, como Nigeria, se muestran extremadamente preocupados. El presidente de este país -potencia petrolera y uno de los más poblados de África-, Muhamadu Buhari, considera que la inestabilidad en Libia es «una bomba de relojería estratégica» que en caso de estallar afectará no sólo a la región y al continente africano, sino a Europa. «El sur de Libia, fuera de todo control, se ha transformado en un enorme bazar al aire libre de todo tipo de armamento, y amenaza la seguridad en el Sahel», insiste Buhari.

Existen varias razones para explicar por qué el yihadismo terrorista se ha incrementado tanto en Libia. Entre ellas podemos citar seis. La primera es que la entonces incipiente resistencia islamista contra Muamar Gadafi, se atrincheró en las grandes ciudades dejadas al abandono, como Trípoli, Bengasi, Sirte y Derna. La segunda es que los gobiernos occidentales apoyaron directa e indirectamente esa resistencia islámica a la que suministraron armas. La tercera es que una buena cantidad de voluntarios yihadistas procedentes de Marruecos, Argelia y Túnez, que intentaban dirigirse a la guerra en Siria e Irak, se quedaron estancados en Libia al no poder alcanzar Turquía. La cuarta es que muchos combatientes de regreso de la Yihad en Oriente Próximo se han sumado a los grupos ya existen- tes en Libia (se cifran en más de 8.000 los libios que fueron a combatir a Irak tras la ofensiva estadounidense para derrocar a Sadam Hussein). La quinta es que el Daesh ha encontrado mejores condiciones para su implantación, por la ausencia de gobierno y la falta de bombardeos masivos, que las que hay actualmente en Siria e Irak. Y la sexta y última, pero crucial, es que la abundancia de armamento en el país y la facilidad de financiación con la venta ilegal de petróleo gracias a la complicidad de compañías internacionales que cierran los ojos ante el contrabando de crudo, son un polo de atracción para los nuevos terroristas seguidores del autoproclamado califa Abubeker al Bagdadi. «Lo último que nos hace falta -estima el secretario de Estado norteamericano John Kerry- es un falso califato con acceso a miles de millones de dólares de renta petrolera».

Un conglomerado de factores que dificulta mucho la labor de los servicios de inteligencia a la hora de definir a qué terroristas se están enfrentando en Libia. No se sabe exactamente cuántas milicias islamistas se han radicalizado ni si ofrecen su fidelidad a Al Qaeda, al Daesh o a ambos. Además, la porosa frontera que separa los desiertos libios de Argelia y Túnez por un lado, y Egipto por el otro, han permitido que células de terrorismo transnacionales como Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMi), Al Qaeda en la Península Arábica (AQPA) y el Movimiento por la Unidad de la Yihad y el África Occidental (MUYAO) se asienten en suelo libio y se fusionen con las milicias locales. En este momento, las brigadas libias más importantes que han jurado sumisión al Califato de Al Bagdadi son Ansar Al Sharia, la Brigada de los Mártires de Abu Salim, la Brigada Sáhrar, la Brigada del Ejército del Islam y algunas milicias tuareg.

Migrantes. El avance yihadista y el horror que imponen hacen que miles de personas huyan desesperadas por la única salida posible hacia Europa: el Mediterráneo. Además, las mafias de la inmigración, sabedoras del caos que aporta un país sin Estado, han convertido los puertos libios en su principal área de actuación.

A diferencia de la avalancha migratoria procedente de Siria y Oriente Próximo que trata de alcanzar Europa a través de Grecia, lo que ocurre en Libia es mucho más complejo de afrontar, porque aquí no existe un gobierno interlocutor para Bruselas. La Unión Europea habla con Atenas y con Ankara para contener la oleada de refugiados inmigrantes; pero no puede hacerlo con Libia, porque existen dos interlocutores oficiales y multitud de grupos armados que controlan el país por segmentos.

La cuestión de los inmigrantes africanos en Libia no es nueva. Durante los más de cuatro decenios de régimen del coronel Gadafi, Libia acogió centenares de miles de subsaharianos y otros tantos de magrebíes, tunecinos y marroquíes principalmente, que llegaban al país en busca de trabajo y fortuna.

Los inmigrantes procedentes de África del oeste y central llegaban en gran par- te transportados por redes ma osas que controlaban los más de 4.000 kilómetros de fronteras del país con Egipto, Sudán, Chad, Níger, Argelia y Túnez. Todos venían buscando trabajo en los grandes proyectos de infraestructuras puestos en marcha por el gobierno de la Yamahiria.

Tras el derrocamiento y ejecución sumaria de Muamar Gadafi en el año 2011, el caos reinante en el país agravó la situación migratoria. Las diferentes milicias que controlaban cientos de kilómetros de costas permitieron, favorecieron y se enriquecieron con las barca- zas de refugiados que pretendían llegar a Italia y Europa, convirtiendo el problema en una auténtica pesadilla para la Unión Europea. En los últimos años, el cada vez mayor control del terreno por los yihadistas y el asentamiento de las mafias de la inmigración ilegal hacen de Libia un asunto prioritario a resolver por Bruselas.

La operación Sophía organizada por la Unión Europea en aguas mediterráneas frente a las costas de Libia, se inició el 27 de julio de 2015. Su objetivo no es impedir el flujo de inmigrantes o refugiados a Europa, sino combatir a las mafias que trafican con personas, al tiempo que ayuda a las barcazas en dificultad o que naufragan.

En los seis meses de actividad en 2015, la operación ha permitido la detención de 46 contrabandistas y la destrucción de 67 embarcaciones utilizadas por las ma as para transportar a miles de candidatos a la inmigración hacia Europa.

La operación fue concebida para desarrollarse en tres fases con una clara vinculación a la situación política en Libia. La primera (iniciada en junio del pasado año) tan sólo se dedicó al intercambio de información y patrullaje en alta mar para detectar a los barcos de traficantes.

La segunda, activada el pasado día 7 de octubre, consiste en abordar, capturar y desviar a los barcos sospechosos que naveguen en aguas internacionales.

Y la tercera -que exigiría un Gobierno de Unidad asentado en el país con la consecuente aceptación del Acuerdo armado el pasado mes de enero entre las partes en Marruecos- implicaría tomar «las medidas necesarias» contra las embarcaciones y los activos en territorio libio.

Tags: , , , ,