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Sin prisa, sin pausa, sin plazo y sin sentido

Pedro Sánchez [1]

Pedro Sánchez, ayer, durante la rueda de prensa tras la reunión (Foto: Borja Puig de la Bellacasa)

Análisis de FAES sobre la denominada ‘mesa de negociación’ entre el Gobierno de Pedro Sánchez y la Generalidad de Cataluña [2]

Tras el ‘encuentro de las dos delegaciones de los gobiernos de España y Cataluña’, Pedro Sánchez comparecía para promocionar su nuevo mantra: ‘Sin prisa, pero sin pausa y sin plazos’. Ningún anuncio relevante, ninguna novedad más allá de pedir tiempo para que la escenificación de ‘voluntad negociadora’ sobre lo que el propio Gobierno diagnosticó como ‘conflicto político’ pueda dilatarse pro domo sua. Una patada secesionista a la mesa abriría al mismo tiempo la puerta (de salida) en Moncloa.

Preguntado por la metodología a seguir a partir de ahora, Pedro Sánchez se remitió a los subalternos, que, dijo, ‘seguían hablando de eso’. Cuando más tarde la prensa, atónita, preguntó de qué se habla durante dos horas cuando no se coincide ni en el calificativo de la dichosa mesa (¿de ‘diálogo’ o de ‘negociación’?), el presidente dejó clara su actitud al afirmar que ‘las imágenes son importantes desde el punto de vista político’: ‘¿Han visto muchas veces al presidente del Gobierno de España en el Palau de la Generalitat?’. Pues eso, la foto.

Ninguna respuesta a la pregunta sobre el instrumento en que se está pensando para ahormar el ‘refrendo popular’ del acuerdo al que se aspira. ¿Referéndum del artículo 92 CE?, ¿consulta territorializada? ‘Sin prisa, sin plazos’ y sonrisa fotogénica (muy importante en política). Ni una sola mención al cumplimiento de la ley, ni a la Constitución en toda la comparecencia, en la que, eso sí, no faltó la enésima referencia a Espriu y sus ‘puentes’: recurso muy explotado ya por el Gobierno anterior, por cierto. También huele a plagio el contenido de la ‘agenda del reencuentro’ y sus 45 reivindicaciones, desglosadas en 44 (atendibles) +1 (no podrá ser, lástima) para presentar la imposibilidad de triturar a la primera el orden jurídico envuelta en generosidad presupuestaria, inversora y sectorial. Munición caducada que ya se disparó en otras ‘operaciones de diálogo’.

Pocas novedades, en fin, respecto de una posición cosmética y claudicante de sobra conocida. Pero en las palabras de Pedro Sánchez hubo algo más que deplorar, tal vez lo peor de todo. La vacuidad del mensaje y la mano tendida a los que nunca han dejado de desafiar al Estado y negar la Nación; la palabra cálida dirigida a los que reivindican delitos gravísimos y amenazan con su reiteración; el gesto sonriente hacia los que han arruinado Cataluña y enfrentado entre sí a los catalanes, todo eso, contrasta con la severidad de un diagnóstico que, sin mencionarlo, apunta al culpable de esta situación, según el ‘relato’ gubernamental: el PP. Es lo que se desprende de las reiteradas menciones a que ‘los problemas con Cataluña’ se remontan a ‘una década atrás’, y van encauzándose desde que Pedro Sánchez preside el Gobierno.

Una vez más, hemos oído a un presidente socialista evocar la medalla del amor sin que sea para celebrar San Valentín: ‘este año estamos mejor que el anterior, pero peor que el próximo’. La última vez, explotó una bomba al día siguiente.

España tiene un grave problema añadido cuando a la práctica sediciosa del secesionismo se suma la pulsión sectaria de la coalición gobernante. Es insólito acusar de ‘insumisión constitucional’ al líder de la oposición y al día siguiente resumir el encuentro con quienes hacen del golpismo un programa político como el inicio de un camino en el que, estando los puntos de partida muy alejados, se necesita tiempo suficiente (‘sin plazos’) para caminar hasta encontrarse en algún lugar emplazado más acá o más allá en función de las velocidades respectivas de los andarines. La metáfora es tan desdichada como reveladora porque demuestra que en el planteamiento de Pedro Sánchez existe algo así como un punto intermedio entre la Ley y su violación, la continuidad nacional de España y su voladura más o menos controlada, la ciudadanía común de todos y la amenaza recompensada.

El Gobierno debería, sin pausa, restablecer los ‘puentes del diálogo’ con la oposición y con todos los catalanes, esos cuya presencia y lealtad hacen que la expresión ‘Gobierno de España’ signifique algo; darse mucha prisa en compartir con ellos una auténtica estrategia nacional que restaure la convivencia rota en Cataluña, y rectificar el sinsentido de gobernar la Nación apoyado en los que ya le han puesto plazo de caducidad.