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¿Buscamos la felicidad o evitamos el fracaso? ¿Cuáles son las causas del suicidio?

El suicidio se presenta como primera causa de muerte externa en España en el año 2009, según un estudio del Instituto Nacional de Estadística.

Ante este dato revelador cabe preguntarse de manera inminente: ¿Estamos exigiéndonos un ritmo de vida para el cual no estamos preparados, o necesitamos cambiar los pilares que sustentan la dinámica de vida actual?

Cuando pensamos en suidicio, lo primero que nos viene a la mente es: muerte voluntaria. Y este tipo de muerte se traduce en una falta total de ilusión y esperanza, en definitiva en una incapacidad para adaptarse a la vida. Llegar a este punto, por muy grave que pueda llegar a ser una situación (tanto con determinante interno como externo), no es fácil. Y si le sumamos, que esto constituya la primera causa de muerte externa en nuestro país, menos. Por lo tanto, tienen que existir factores comunes en la sociedad que actúen de caldo de cultivo para que, nuestro umbral de tolerancia haya disminuido.

Si miramos atrás, de forma inmediata tendremos la sensación de que las cosas han cambiado muy rápido en poco tiempo. Hemos pasado de una sociedad en la que nuestro destino venía prefijado por las pautas sociales de la familia a la que pertenecíamos, a una sociedad en la que cada cual tiene un enorme abanico de posibilidades donde elegir sin prácticamente ningún referente externo que presione su libertad. Teóricamente esto constituye un “avance” que nos amplía nuestras posibilidades de desarrollo, pero… ¿estamos pagando un precio para el cual no nos hemos preparado?

Por un lado, los valores que priman para conseguir el “éxito” tanto profesional, como personal están ligados a un consumismo que nos desune de la alianza con nosotros mismos. Ya no nos medimos por lo que sabemos que podemos llegar a ser, o conseguir desde dentro, sino que hemos instaurado un nuevo instrumento de evaluación en el que los criterios que priman no siempre están a nuestro alcance. Si para sentirnos válidos y queridos necesitamos un “diploma” y una continúa gratificación por parte de los demás que lo acredite, estamos destinados a un continuo vaivén de inestabilidad emocional que no serviría de base firme sobre la que mantener una autoestima potente que nos proteja de los impedimentos que pudieran aparecer a lo largo de nuestro ciclo vital. Por tanto, los determinantes internos que condicionan nuestro nivel de satisfacción con lo que hacemos están, cada vez más, fuera de nuestro control.

Por otro lado, con el “todo vale” que prima en la sociedad actual, hemos desarrollado una clara falta de tolerancia a la frustración que nos hace débiles ante cualquier imprevisto que mine la consecución de nuestras metas.  No aprendemos a aceptar que hay cosas que no podemos conseguir, y por lo tanto a integrar la tristeza y la desilusión como emociones necesarias para aprender. Unido a esto, la sobreprotección instaurada en los estilos educativos también limita, que por pie propio, podamos equivocarnos y corregir nuestros errores. De esta forma, carecemos en gran medida del dominio y/o control de estas emociones básicas.


Aunque para muchos estos fundamentos constituyan un avance hacía el desarrollo y la calidad de vida, lo cierto es que sólo conlleva a un debilitamiento de la persona, al hacerlo más vulnerables ante los devenires de la vida. Hemos abierto muchas puertas al progreso pero no nos hemos preparado para saber conllevarlas.

En última instancia, estamos hablando de nuestra capacidad para conseguir ser felices y desarrollarnos con éxito en la vida que hemos elegido, de nuestra particular filosofía de vida. Para ello, debemos elegir en función de lo que queremos y podemos ser, y comprometernos, no con el resultado final, sino con la trayectoria. Sabiendo siempre, que no todo depende de nosotros mismos, y que lo importante es saber quién es uno, por encima de lo que en determinadas situaciones podamos llegar a conseguir.

Marta Mero

Psicóloga

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