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Venezuela, como Etiopía o Sudán del Sur, pasa hambre

ONU

Fawaz, que sufre desnutrición aguda, y su madre en el hospital de Adén, en Yemen, en noviembre de 2018 (Foto. OCHA/Giles Clarke)

Según el Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias el hambre aguda sigue afectando a más de 100 millones de personas

Alrededor de 113 millones de personas en 53 países experimentaron inseguridad alimentaria aguda en 2018.

Por tercer año consecutivo, más de cien millones de personas sufren la forma más grave de hambre. Además, 143 millones de personas de otros 42 países estaban el año pasado a un paso del hambre aguda.

Un informe presentado hoy conjuntamente por la Unión Europea, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP) concluye que son algo menos que los 124 millones de 2017 pero no recoge datos de Corea del Norte y Venezuela, países que se incluyen entre los que sufren hambruna. La situación en el país caribeño gobernado por Nicolás Maduro es desesperante.

Sólo la Unión Europea habrá destinado entre 2014 y 2020 cerca de 9.000 millones de euros a iniciativas sobre seguridad alimentaria y nutricional y agricultura sostenible en más de 60 países. Y sólo en los últimos tres años ha asignado el mayor presupuesto de ayuda humanitaria de su historia, con casi 2.000 millones de euros en total. El pasado febrero aprobó aumentar hasta los 1.600 millones la partida destinada a este concepto.

Pero nada es suficiente cuando se habla del hambre en Afganistán, Etiopía, Nigeria, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán, Siria o Yemen. En estos ocho países «viven» casi dos tercios de las personas que padecen hambre aguda en el mundo.

En otros 17 países el hambre aguda se mantuvo o aumentó. El clima y los desastres naturales condujeron a 29 millones de personas a esta situación. En América Latina, 4,2 millones de personas no tienen qué comer. El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, los países que forman el llamado corredor seco, albergan a 1,6 millones de hambrientos.

En los últimos tres años el número de países afectados por la desolación ha aumentado. Dicen los responsables del estudio que las crisis alimentarias son cada vez más agudas y complejas y que necesitan formas innovadoras de abordarlas y evitar que se produzcan. Pero todo suena a hueco, a pozo sin fondo.

Piden una «red mundial más fuerte» para fortalecer la cooperación cuando las guerras se suceden en Estados soberanos, algunos fallidos, donde los señores de la guerra se comen literalmente miles de los millones enviados como ayuda desde la «civilización».

«Para poner fin de verdad al hambre, debemos atacar sus causas profundas: los conflictos, la inestabilidad y los efectos de las crisis climáticas» indica David Beasley, director ejecutivo de WFP, que reclama a los dirigentes mundiales «estar a la altura de las circunstancias y ayudar a resolver estos conflictos, ahora mismo». Pero cómo lograr que los avances no sean destruidos por los incesantes conflictos bélicos.

La inseguridad alimentaria aguda se produce cuando la incapacidad de una persona para consumir alimentos adecuados pone en peligro inmediato su vida o sus medios de subsistencia. El hambre crónica aparece cuando una persona es incapaz de consumir suficientes alimentos para mantener un estilo de vida normal y activo durante un período prolongado. Pues bien, el último informe de la FAO –El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo– publicado en septiembre de 2018, señala que 821 millones de personas en el planeta padecen hambre.

Las crisis más graves, las de Yemen, República Democrática del Congo, Afganistán, Etiopía, Sudán, Sudán del Sur y norte de Nigeria, han provocado que 72 millones de personas estén entre la fase 3 y la fase 5 de inseguridad alimentaria, siendo la 5 la más grave.

El director general del la FAO, José Graziano da Silva, alude a «aumentar la resiliencia de las poblaciones vulnerables afectadas» y «a salvaguardar los medios de subsistencia» para salvar vidas. Pero el cambio climático, las crisis económicas, los conflictos y los desplazamientos de población agravan la situación en los lugares más miserables del planeta.

Manuel Sánchez-montero, director de incidencia y relaciones institucionales de Acción contra el Hambre, obvia que «la violencia es hoy la principal causa de hambre aguda en el mundo». Plantea una respuesta en tres niveles: una respuesta financiera y programática basada en necesidades, que proteja vidas y medios de vida; una respuesta política parando las acciones violentas que producen hambre; y una respuesta estructural para promover la gobernanza del hambre, con inversiones en políticas y programas preventivos del hambre que lleguen a las poblaciones y medidas para reducir la inequidad entre mujeres y hombres.

Los socios que han participado en la elaboración del Informe mundial sobre las crisis alimentarias de 2019 son el Comité Interestatal Permanente de Lucha contra la Sequía en el Sahel (CILSS), Unión Europea, Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna (FEWS NET), FAO, Módulo mundial de Seguridad Alimentaria, Grupo temático de Nutrición Mundial, Unidad de Apoyo Mundial de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF), Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), Instituto Internacional de Investigaciones sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), Comunidad del África Meridional para el Desarrollo (SADC), Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), UNICEF, USAID y WFP.

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